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jueves, 27 de octubre de 2016

ACTIVIDAD SOBRE LA CIVILIZACIÓN DE LA ANTIGUA GRECIA



Santuario de Delfos, Grecia. Fuente de la imagen: Wikipedia, Public Domain

ACTIVIDAD GRECIA. COMPRENSIÓN Y ANÁLISIS DE TEXTO.

Lee detenidamente este texto. Subraya el vocabulario que no entiendas y busca su significado en un diccionario. A continuación responde al cuestionario sobre este documento.


 DOS PEQUEÑAS CIUDADES EN UN PEQUEÑO PAÍS
  

    (...) Grecia era una pequeña península con unas pocas ciudades también pequeñas de comerciantes, con grandes montañas y campos pedregosos que sólo podían alimentar a un número reducido de personas. A todo ello se sumaba el hecho de que la población, según recuerdas, pertenecía a distintas tribus, sobre todo a las de los dorios, en el sur, y los jonios y eolios, en el norte. Estas tribus no eran muy diferentes entre sí en lengua y aspecto, simplemente hablaban en varios dialectos que podían entender si querían. Pero a menudo no lo deseaban. Como tantas veces suele ocurrir, aquellas tribus vecinas tan próximamente emparentadas no podían soportarse mutuamente. Se burlaban unas de otras y, en realidad, se tenían celos. Lo cierto es que Grecia no había conocido un rey ni una administración comunes, sino que cada ciudad era un reino por sí misma.

    Había sin embargo algo que unía a los griegos: su religión común y sus deportes, también comunes. Curiosamente, no se trataba de dos asuntos dispares, sino que el deporte y la religión estaban estrechamente ligados. Cada cuatro años, por ejemplo, se celebraban en honor de Zeus, el padre de los dioses, grandes competiciones en su santuario. Este santuario se llamaba Olimpia; había en él grandes templos y también un campo de deportes, y allí acudían todos los griegos, dorios y jonios, espartanos y atenienses, para demostrar su fuerza corriendo a pie y arrojando discos, lanzando la jabalina, practicando el pugilato y compitiendo en carreras con carros. Vencer en Olimpia se consideraba el máximo honor que podía alcanzar una persona en su vida. El premio consistía en una sencilla rama de olivo, pero los triunfadores eran festejados maravillosamente: los mayores poetas cantaban sus combates con magníficos cantos y los máximos escultores modelaban sus estatuas para Olimpia, estatuas en las que se les veía como conductores de carros o lanzando el disco o, también, untándose el cuerpo con aceite antes de la lucha. Estas estatuas de vencedores existen todavía hoy y es posible que hayas visto alguna en el museo de la ciudad donde resides.

    Como los juegos olímpicos, que se celebraban cada cuatro años, eran visitados por todos los griegos, constituían un cómodo medio de contar el tiempo para todo el país en conjunto. Esta práctica se generalizó progresivamente; de la misma manera que hoy decimos «después del nacimiento de Cristo», los griegos decían «en la olimpiada número tal». La primera olimpiada fue el 776 a. C. ¿Cuándo fue la décima? ¡No olvides que sólo tenían lugar cada cuatro años!

    Pero los juegos olímpicos no eran el único elemento común entre los griegos. El segundo era otro santuario, el del dios del Sol, Apolo, en Delfos. Se trataba de algo extraordinariamente peculiar. Allí, en Delfos, había en la tierra una hendidura de la que salía vapor, como suele ocurrir en las zonas volcánicas. Quien lo aspiraba se sentía obnubilado en el verdadero sentido del término, es decir, que el vapor lo sumía en una confusión tan grande que le hacía pronunciar palabras incoherentes, como si estuviera borracho o con fiebre.    Ese hablar aparentemente sin sentido les parecía sumamente misterioso a los griegos, que pensaban: el propio dios está hablando por la boca de un ser humano. Así pues, colocaban a una sacerdotisa—llamada Pitonisa—sobre un asiento de tres patas encima de la grieta, y los demás sacerdotes interpretaban sus palabras, balbuceadas por ella en trance. De ese modo se predecía el futuro. Era el oráculo de Delfos, y los griegos de todas las regiones peregrinaban allí en cualquier circunstancia difícil de la vida para consultar a Apolo. A menudo, la respuesta no era nada fácil de entender y se podía interpretar de diversas maneras. (...)

    Nos fijaremos ahora en dos de las ciudades griegas, las dos más importantes: Esparta y Atenas. Ya hemos oído hablar de los espartanos. Sabemos que eran dorios que sometieron a los habitantes del país y, tras invadirlo en torno al año 1100 a. C., los hicieron trabajar en los campos. Pero aquellos siervos eran más numerosos que sus señores, los espartanos. Así pues, éstos tenían que estar siempre atentos para no ser expulsados de nuevo de allí. Tampoco podían pensar en nada más que en ser fuertes y belicosos, a fin de reprimir a los siervos y a los pueblos vecinos que seguían siendo libres.    En realidad no pensaban en otra cosa. Su legislador Licurgo se había preocupado de que fuera así. Cuando venía al mundo un niño espartano de apariencia débil e inútil para la guerra, se le mataba lo antes posible. Pero, quien fuera fuerte, debía fortalecerse todavía más y para ello tenía que ejercitarse de la mañana a la noche y aprender a soportar dolores, hambre y frío; comía mal y no debía permitirse ningún placer. A veces se golpeaba a los muchachos sin motivo, sólo para que se acostumbraran a aguantar el dolor. Esta clase de educación se sigue llamando todavía hoy «espartana». Y, como sabes, tuvo éxito. En las Termopilas, el año 480 a. C., todos los espartanos se dejaron masacrar por los persas según ordenaba su ley. Poder morir así no es ninguna nimiedad. Pero poder vivir es, quizá, todavía más difícil. De eso se preocuparon los atenienses. Su propósito no era llevar una vida grata, sino una vida con sentido. Una vida de la que quedara algo tras la muerte para quienes vinieran después. Verás cómo lo consiguieron.    Los espartanos, en realidad, habían llegado a ser tan guerreros y valerosos por puro miedo. Por miedo a sus propios siervos. En Atenas había muchos menos motivos para el temor. Allí todo era distinto. No existía aquella presión. También en Atenas había imperado en otros tiempos la nobleza, como en Esparta. También había habido allí leyes rigurosas escritas por un ateniense llamado Dracón. Eran tan rigurosas y duras que actualmente se sigue hablando de dureza draconiana. Pero la población ateniense, que había llegado lejos a bordo de sus naves y había visto y oído de todo, no aceptó aquello durante mucho tiempo.

    Un miembro de la propia nobleza fue tan sabio como para intentar implantar un orden nuevo en aquel pequeño Estado. Aquel noble se llamaba Solón; y la Constitución que dio a Atenas en el 594 a. C., es decir, en tiempos de Nabucodonosor, se llamó solónica. Según ella, el pueblo, los ciudadanos atenienses, debían decidir siempre por sí mismos qué hacer. Tenían que reunirse en la plaza del mercado de Atenas y emitir allí sus votos. Las decisiones serían las de la mayoría, que debía elegir además un consejo de hombres experimentados que las pusieran en práctica. Ese tipo de Constitución se llamó gobierno del pueblo; en griego, democracia. Es cierto que no todos los habitantes de Atenas formaban parte de los ciudadanos con derecho a votar en la asamblea. Había diferencias según la fortuna de cada cual. Por tanto, muchos habitantes de Atenas no participaban en el poder. Pero cualquiera podía llegar a hacerlo. Así pues, todos se interesaban por los asuntos de la ciudad. Ciudad se dice en griego polis, y los asuntos de la ciudad eran la política.

    Durante un tiempo, no obstante, algunos nobles que se habían ganado el afecto del pueblo se hicieron con el poder. Esos gobernantes individuales se llamaron tiranos. Pero el pueblo los expulsó pronto; y a partir de entonces se procuró aún más que gobernara realmente el propio pueblo. Ya te he contado lo inquietos que eran los atenienses. Movidos por el miedo a llegar a perder por segunda vez su libertad, expulsaban de la ciudad y desterraban a todos los políticos de quienes temieran que podían contar con demasiados seguidores y convertirse así en soberanos individuales. El mismo pueblo libre ateniense que venció a los persas fue el que, luego, trató con tanta ingratitud a Milcíades y Temístocles.

    Hubo sin embargo alguien con quien no se portó así. Se trataba de un político llamado Pericles. Sabía hablar en las asambleas de tal manera que los atenienses siguieron creyendo siempre que eran ellos quienes decidían y determinaban qué debía hacerse, cuando, en realidad, hacía ya tiempo que Pericles había tomado una decisión. No porque ocupara algún cargo desconocido hasta entonces o poseyera un poder especial, sino sólo por ser el más habilidoso. De ese modo se abrió paso hacia lo más alto, y a partir del año 444 a. C.—número tan hermoso como el periodo que designa—dirigió propiamente la ciudad en solitario. Lo más importante para él era que Atenas siguiera siendo una potencia marítima, lo que consiguió mediante alianzas con otras ciudades jónicas, obligadas a pagar impuestos a Atenas a cambio de la protección garantizada por esta poderosa ciudad. Así, los atenienses se enriquecieron y pudieron comenzar a llevar a cabo también grandes cosas gracias a su talento.

    Seguro que al llegar aquí te impacientarás y dirás: pero bueno, ¿cuáles fueron esas maravillas realizadas por los atenienses? A lo que tendré que responderte: en realidad, todo tipo de cosas; aunque se interesaron en particular por dos: la verdad y la belleza.

    En sus asambleas, los atenienses habían aprendido a hablar en público sobre cualquier asunto y a tomar postura con argumentos y réplicas. Aquello era bueno para aprender a pensar. Al cabo de poco tiempo no se limitaron a buscar esa clase de argumentos y réplicas sólo para cosas tan obvias como si era necesario aumentar los impuestos, sino que se interesaron por toda la naturaleza. En ello les habían precedido, en parte, los jonios de las colonias, o ciudades de cultivadores. Los jonios habían reflexionado para saber de qué esta hecho el mundo y cuale s la causa de todo cuanto sucede y acontece.

    Esta reflexión se llama filosofía. Pero en Atenas no se reflexionó o filosofó sólo acerca de ello, sino que se quiso saber también qué deben hacer los seres humanos, qué es lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Se preguntaron para qué están en realidad los humanos en el mundo y qué es lo esencial en todas las cosas. Como es natural, no todos eran de la misma opinión respecto a estos complicados asuntos y hubo opiniones y orientaciones diferentes que polemizaron entre sí con razonamientos, igual que en las asambleas. Desde entonces, esa reflexión y ese polemizar con razones, que llamamos filosofía, no ha cesado ya nunca.

    Pero los atenienses no se paseaban arriba y abajo en sus recintos de columnas y centros de deporte para hablar de cuestiones relativas a qué es lo esencial en el mundo, cómo puede conocerse y qué es lo importante en la vida; y no dirigieron una nueva mirada sobre el mundo sólo con el pensamiento, sino también con los ojos. Los artistas griegos reprodujeron las cosas del mundo de manera tan innovadora, sencilla y bella como si nadie las hubiera visto antes de ellos. (...) En ellas vemos hermosos hombres reproducidos sin ninguna pose, como si fuera la cosa más natural del mundo. Y, precisamente, lo más natural es lo más bello.

    Con esa misma belleza y humanidad modelaron entonces las imágenes de los dioses. El escultor de dioses más famoso se llamaba Fidias. No creó imágenes misteriosas y sobrenaturales, como las enormes estatuas de los templos egipcios. Es cierto que algunas de sus esculturas para los templos eran de gran tamaño, además de suntuosas y preciosas, al estar realizadas en marfil y oro; pero, no obstante, poseían una belleza tan sencilla y una gracia tan noble y natural que nunca resultaron sosas o delicadas, lo que hacía inevitable sentir confianza en aquellas imágenes de dioses. La pintura y las construcciones de los atenienses eran como sus esculturas. Sin embargo, no se ha conservado ninguna de las pinturas con que ornamentaban los espacios cubiertos. Lo único que conocemos son pequeñas figuras en recipientes de cerámica, en vasijas y urnas; pero son tan bellas que podemos imaginar lo que hemos perdido.

    Los templos siguen en pie. Se levantan incluso en la propia Atenas, donde todavía existe, ante todo, la ciudadela, la Acrópolis; allí, en la época de Perícles, se construyeron nuevos santuarios de mármol, pues los antiguos habían sido quemados por los persas mientras los atenienses se encontraban en Salamina. Esta Acrópolis sigue siendo hoy la construcción más bella de cuantas conocemos. No hay en ella nada especialmente grande o fastuoso. Es simplemente bella. Cada detalle está configurado de manera tan clara y sencilla que nos hace pensar que no podría haber sido de otro modo. Desde entonces se han empleado continuamente en arquitectura todas las formas utilizadas allí por los griegos, como las columnas helénicas con sus diferentes tipos, que puedes encontrar en casi todas las casas de la ciudad si llegas a observar con atención. Es cierto que en ningún lugar son tan hermosas como en la Acrópolis de Atenas, donde no se utilizaron como embellecimiento y decoración, sino para lo que fueron pensadas e inventadas: para sostener el peso del tejado como apoyos modelados con belleza.

    Los atenienses reunieron estas dos cosas, la sabiduría del pensamiento y la belleza de las formas, en un tercer arte: el de la literatura. En este terreno hicieron un descubrimiento: el teatro. En origen, el teatro estuvo también unido a la religión, como el deporte, con sus festivales dedicados al dios Dionisos, llamado también Baco. Esas obras teatrales se interpretaban durante los días de su fiesta y solían durar una jornada entera. Las actuaciones eran al aire libre, y los actores llevaban grandes máscaras que les cubrían la cara y tacones altos para que se les pudiera ver con mayor claridad desde lejos. Se han conservado en parte las obras interpretadas entonces. Entre ellas hay algunas serias, de una gravedad grandiosa y solemne. Se llaman tragedias. Pero también se ponían en escena piezas divertidas, obras que se burlaban de algunos atenienses en concreto. Eran muy mordaces, chistosas e ingeniosas. Se llaman comedias. Podría seguir hablándote largo rato y con entusiasmo de los historiadores, los médicos, los cantantes, los pensadores y los artistas atenienses. Pero es mejor que, con el tiempo, contemples tú mismo su obras. Ya verás como no he exagerado nada.

E. Gombrich, Breve historia del tiempo
 
Cuestionario

1)    ¿La antigua Grecia tenía un único rey que dirigía a esta civilización?
2)    ¿Qué dos cosas unían a los griegos?
3)    ¿Qué premio recibían los triunfadores de las Olimpiadas?
4)    Define qué es un santuario. ¿Por qué era muy importante el Santuario de Delfos?
5)    ¿Cuáles eran las dos ciudades más importantes de la civilización griega?
6)    ¿Cómo se denominaban a las ciudades en la antigua Grecia?
7)    Averigua qué es la Acrópolis de Atenas.
9)    Define las siguientes palabras que aparecen en el texto:
·      dispares
·      pugilato
·      santuario
·      hendidura
·      obnubilado
·      siervos